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Pablo Diaz Pintado y Pedro Pintado Villegas
Lunes 23 de septiembre de 2019
editada por Periodistas Asociados
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OPINIÓN

¿Por qué el Juez del Vino no puede ser juez y parte?

Por Pablo Díaz-Pintado, director de la revista Enólogos
 

Hace algo más de dos meses, la empresa Periodistas Asociados decidió reforzar los contenidos de su página web www.revistaenologos.es con la creación de dos nuevas secciones informativas. Por un lado, la editorial decidió crear una consultoría de cata y mercados para intentar ayudar a las bodegas y a los enólogos a mejorar las ventas y el consumo y, por otro, aprobó la puesta en marcha de una serie de blogs dirigidos por algunos de los enólogos más prestigiosos de este país, con el fin de dinamizar el debate entre los profesionales. Evidentemente, en ambos casos la intención de la empresa editora, como viene ocurriendo desde 1998, fue la de prestar un servicio informativo de la máxima calidad al sector vitivinícola, una labor que desde hace más de 13 años ha recibido el refrendo de cientos de anunciantes y miles de lectores y que, consecuentemente, ha convertido a la revista “Enólogos” en la publicación líder de la información enológica en español.

 

Respecto a la sección “El Juez del Vino”, se partió de la premisa irrenunciable de encontrar a una persona que garantizara el conocimiento, independencia e imparcialidad necesarios para ejercer el cargo, en pocas palabras, que no fuera “juez y parte”, una condición imprescindible para desarrollar su función con la seriedad y rigor que Periodistas Asociados siempre ha exigido a cada uno de sus colaboradores. Tras reflexionar detenidamente sobre los pros y contras de cada opción se llegó a la conclusión de que había que encontrar a alguien que pudiera analizar la realidad vitivinícola “desde fuera” para preservar en todo momento su independencia, pero que, al mismo tiempo, gozara de un acreditado currículo para poder desempeñar su magisterio con absoluta credibilidad. No fue difícil darse cuenta de que al igual que nadie entendería que el cocinero Andoni Luis Aduriz hiciera la crítica gastronómica de los restaurantes Noma, El Bulli o Can Roca, tampoco nadie aceptaría que el enólogo Peter Sisseck, por poner un ejemplo, escribiera la crítica de los vinos de Vega Sicilia, Bodegas Martúe o López de Heredia. En cualquier sociedad democrática y mínimamente transparente, está comúnmente aceptado que a la hora de ejercer la crítica, no se puede ser juez y parte.

Finalmente, la persona seleccionada para ocupar el estrado on line de www.revistaenologos.es fue Pedro Ballesteros Torres, un valenciano, nacido en Quart de Poblet en 1961, que además de ingeniero agrónomo por la Universidad Politécnica de Madrid es, entre otras cosas, el único Master of Wine español en activo, lo que demuestra un profundo conocimiento de la ciencia vitivinícola, del arte de la cata y de los mercados internacionales, algo al alcance de no más de 300 personas en todo el mundo.

Asimismo, para desarrollar los blogs profesionales sobre enología Periodistas Asociados decidió contactar con algunos de los enólogos e investigadores más reconocidos de este país: Antonio Tomás Palacios, José Gracia, Fernando Zamora y José Hidalgo, aunque esta última opción hubo que desecharla porque, según se nos informó previamente, el interesado, en ese momento, se encontraba de baja por enfermedad. Todos los consultados valoraron favorablemente la iniciativa pero, por razones de disponibilidad de tiempo, sólo Pedro Ballesteros y Antonio T. Palacios pudieron comprometerse a cumplir con su cometido.

 

Hace unos días, coincidiendo con la noticia del lanzamiento en el mes de agosto de las dos nuevas secciones de nuestra web, algunos miembros de la Federación Española de Asociaciones de Enólogos (FEAE) expresaron su malestar por el hecho de que el “Juez del Vino” designado vaya a ser un ingeniero agrónomo Master of Wine, en lugar de un enólogo.

 

Analizar la realidad más allá del ombligo

Respetando, lógicamente, todos los puntos de vista, aunque éstos puedan llegar a implicar que sea el cocinero Aduriz quien realice la crítica gastronómica de René Redzepi o Ferrán Adrià, creo que siempre es conveniente estudiar la realidad con un cierto distanciamiento -con “ojos nuevos”, que diría el propio Aduriz- y saber aplicar un análisis comparado que permita saber qué ocurre en otras actividades profesionales y artísticas, en vez de recrearse en el reducido perímetro de nuestro ombligo.

Veamos, por tanto, qué ocurre en otros campos de la actividad humana. ¿Quiénes enjuician los estrenos cinematográficos o teatrales del momento?, ¿Tal vez algún afamado director de cine o algún influyente dramaturgo? No, evidentemente. Lo hacen los críticos cinematográficos y teatrales de cada periódico. No parece probable que a los “oscarizados” Steven Spielberg o Francis Ford Coppola o al admirado Francisco Nieva se les haya ocurrido protestar por ello.

¿Quién tiene la autoridad para opinar sobre la obra de los grandes pintores o escultores de ayer y de hoy?, ¿Acaso sus colegas más reputados o sus coetáneos de generación? No, tampoco. Esa función la desempeñan los críticos de arte.

¿Quiénes, por otro lado, tienen la responsabilidad de enjuiciar la vida socio política y calificar los aciertos y errores en que incurren los miembros de la Casa Real, el Gobierno, los partidos políticos, los sindicatos, la patronal o la Conferencia Episcopal?, ¿Son, cabría pensar, los propios ministros, cortesanos, parlamentarios, líderes sindicales, portavoces empresariales o los integrantes de la hermética Curia romana? No, en absoluto, ese papel lo desempeñan los periodistas.

¿Quiénes arbitran los partidos de fútbol, con una audiencia potencial de más de 2.000 millones de espectadores, una enorme tensión mediática y unas medidas de seguridad que para sí querrían los presidentes del G-8 reunidos en Davos?, ¿Son Cristiano Ronaldo o Leo Messi quienes aseguran la estricta aplicación del reglamento y se ocupan de preservar el juego limpio? No, obviamente. A ningún jugador profesional, medianamente sensato, se le pasaría por la cabeza siquiera tal posibilidad.

Pero, por último, descendiendo del campo de los ejemplos más o menos cercanos al terreno de juego de la gastronomía y la enología. ¿Quiénes son los prescriptores más prestigiosos del mundo, quiénes enjuician, valoran, califican, adjetivan y puntúan la calidad de los mejores restaurantes y de los vinos más prestigiosos, quiénes influyen decisivamente en sus ventas, quiénes condicionan su oferta y llegan a orientar su actividad comercial y exportadora?, ¿Son, ahora sí, eminentes cocineros y brillantes enólogos? Nada de eso, de ninguna manera. Se trata, salvo excepciones que confirman la regla, de expertos vitivinícolas, periodistas, críticos y analistas. Y, por supuesto, de algunos Master of Wine.

En definitiva, lo que indica la observación empírica y desapasionada de la realidad y, en mi opinión, también el sentido común, es que si algún requisito no es necesario y ni siquiera conveniente para enjuiciar una actividad a este nivel es, precisamente, la de ser profesional de la actividad que se juzga.

 

Los premios de amigos y las tertulias

Otra cosa distinta es que en los concursos de vino, al igual que ocurre en los festivales de cine, en los premios periodísticos o en las tertulias televisivas se busquen paneles formados por personas de diversa procedencia y condición, con el fin de representar las distintas sensibilidades que afectan a la cosa juzgada. Ese pretendido “reparto de cuotas” puede resultar positivo en ocasiones, pero a nadie se le escapa que cuando los miembros de un jurado son, exclusivamente, integrantes de la profesión, los premios no gozan de gran prestigio y más bien se reducen a una reunión de amigos, a un reparto de flores y vendettas según las filias y fobias de cada cual.

Pero si la labor de juez, crítico o analista se quiere ejercer con ánimo de rigor, objetividad y profesionalidad, al margen del halago y la conveniencia, más allá de la búsqueda de una recompensa, siquiera sea ésta la del propio prurito y la satisfacción personal, hay que exigir una acreditada cualificación, disfrutar de la independencia que sólo otorga el distanciamiento, disponer de la amplitud de miras que, a veces, dificulta la rutina diaria, reunir un conocimiento multidisciplinar que permita analizar los problemas desde diferentes puntos de vista y, en último lugar, aunque no menos importante, hacer honor al dicho popular que nos recuerda que “la mujer del César no sólo tiene que ser honrada, sino parecerlo”.

 

El “Rincón del Enólogo”

Antes de concluir, quisiera relatar una anécdota que, en su momento, llamó poderosamente mi atención y creo que puede servir para ilustrar el alcance real de esta pequeña polémica. Era martes 15 de febrero de 2011 y yo me encontraba visitando la feria Enomaq de Zaragoza. La Federación Española de Asociaciones de Enólogos y la Asociación Aragonesa de Enólogos (AAE) habían organizado, con buen criterio, un interesante programa de actos en el denominado “Rincón del Enólogo”, un espacio destinado a los profesionales que puso en marcha con éxito años atrás el ex presidente Juan Gómez y que continuó, dos años después, el también ex presidente Antonio Palacios Muro. Pues bien, como es normal en estos casos, los actos programados se sucedían con desigual asistencia de público. En un momento dado, a muchos metros de distancia, en el mismo Pabellón 2, tuve la sensación de que en el “Rincón del Enólogo” se estaba produciendo un verdadero tumulto. Sentí curiosidad por saber qué ocurría o quién podía estar interviniendo, a quién querían escuchar los enólogos con ese denodado interés. Parecía evidente que la FEAE había acertado con la ponencia. Cuando llegué al lugar puede comprobar que, efectivamente, no sólo no cabía un alfiler, sino que, incluso, había enólogos que se habían tenido que quedar fuera del propio stand (de 250 metros cuadrados) para poder seguir la intervención. ¿Imaginan quién impartía la conferencia? En la mesa de autoridades, los máximos responsables de la FEAE seguían atentos y en silencio la charla, frente a un auditorio de enólogos que abarrotaba el aforo. De pie, con el micrófono en mano y vistiendo pantalones vaqueros, el protagonista se llamaba Pancho Campo, el Master of Wine más famoso del momento.

¿Saben ustedes cuál era el título de la ponencia que protagonizó, hace poco más de un año, a petición de la FEAE y la AAE el Master of Wine más conocido por aquel entonces? El programa decía literalmente así: Conferencia-Cata sobre “Cómo mejorar las ventas y el consumo. Soluciones para las bodegas y el sector”. Por Pancho Campo, primer Master o f Wine español y presidente de The Wine Academy.

Cómo mejorar las ventas y el consumo es, exactamente, el objetivo de la sección “El Juez del Vino”. ¿Alguien puede explicar por qué lo que organizaron, con evidente acierto, la FEAE y la AAE hace apenas 18 meses es ahora motivo de malestar entre algunos enólogos? Saludos a todos y disfruten del verano.

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