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Lunes 23 de septiembre de 2019
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TRIBUNA ABIERTA / ANTONIO ELDUQUE

El vino, elemento constructor de la identidad

Antonio Elduque es director general de BioSystems S.A.

Amartya Sen (Bengala, India, 1933), es uno de los filósofos contemporáneos más reconocidos, además Premio Nobel de Economía en 1998. En su magnífica obra “Identidad y Violencia. La Ilusión del destino”[1], Sen reflexiona sobre los motivos que generan la violencia en el mundo, que en muchos casos tiene su origen en conflictos identitarios.

La identidad, entendida como sentido individual de pertenencia a un colectivo con el que las personas nos sentimos identificadas, no es un elemento primigenio ni inmutable, sino que es una construcción abierta y flexible, que está configurada a partir de un conjunto de elementos culturales, que van cambiando en continua adaptación al entorno, incorporando o desechando elementos, en función del contexto social, económico o político.

Entre esos elementos se encuentran algunos de raíces culturales profundas, como la lengua, la religión o las tradiciones seculares, y otros aparentemente menos arraigados en el tiempo, como las profesiones, las aficiones, o incluso los problemas, que pueden llegar a igualar en importancia, o incluso sustituir a los anteriores.

Una persona puede llegar a sentir más pertenencia  a una red social de escala mundial, o al grupo de los corredores de maratón, o al de los médicos sin fronteras, o al de los indignados por la corrupción o la crisis, que incluso al de su región, nación, lengua o religión.

La conversión de nuestro mundo en una aldea global está teniendo como consecuencia que, en muchos casos, las naciones-estado tradicionales dejen de ser los referentes creadores y conservadores de la identidad, cediendo buena parte de su autonomía política y económica a entes supra-nacionales y pasando a ser nodos de redes globales.

En este proceso se está creando un vacío identitario que las personas necesitamos llenar, esforzándonos por encontrar los elementos que nos permitan integrarnos en uno o varios grupos con los que poder compartirlos.

 

¿Y qué tiene que ver el vino con todo esto?  Pues quizás mucho más de lo que parece a primera vista. En esta búsqueda urgente de nuevos referentes identitarios, nuestro mundo necesita elementos culturales que traspasen las fronteras que se están levantando alrededor de los diversos grupos étnicos, y que hacen énfasis sobre todo en la religión o la lengua, y establezcan puentes de comunicación entre ellos. Y la cultura del vino puede ser, sin duda, uno de ellos.

Los que por nuestro trabajo tenemos la fortuna de viajar por el mundo y conocer gente de los cinco continentes, podemos observar con claridad cómo la cultura del vino avanza con paso firme, incluso en los países emergentes, transformándose poco a poco en un vínculo cultural entre personas de muy diversas procedencias.

Ya no nos resulta extraño encontrar buenos vinos en la carta de un restaurante de Hanoi, o que los empleados de nuestra planta de fabricación en Chennai, en el sur de la India, nos reciban con una sonrisa de oreja a oreja sabiendo que llegamos con un par de botellas de buen vino español.

Ya podemos percibir claramente que la atención, con que nuestros clientes extranjeros escuchan nuestras explicaciones sobre las características del vino que estamos compartiendo en sus visitas, no la prestan por simple educación, sino por un interés sincero por aprender y poder hacer uso, a su vez, de ese conocimiento, en sus respectivos países.

A pesar de que en la mayoría de países emergentes el vino sigue siendo, sobre todo, un símbolo de status, el poder adquisitivo creciente de sus pujantes clases medias puede cambiar significativamente el panorama en los próximos años, convirtiéndolo en un elemento básico de la relación social.

De las veintitrés razones de las que se dice que pueden motivar a una persona para beber una copa de vino [2], una parte importante pertenece al grupo de las experiencias o los simbolismos sociales: ya sea por una experiencia estética, como ayuda a la relación social, como celebración, porque es sensual, para crear o evocar un recuerdo, para establecer un status, etc.

Todas éstas, de una u otra forma, pueden contribuir a desarrollar vínculos inter-culturales de los que tan necesitado está nuestro mundo. Y desde la posición privilegiada de nuestra cultura enológica milenaria no podemos dejar pasar la oportunidad de ser protagonistas en este apasionante proceso.

 

 

 

[1] Amartya Sen (2007). Identidad y violencia: la ilusión del destino. Madrid; Katz Editores.

 

[2Charters, Steve (2006). Wine & Society: the social and cultural context of a drink, pp. 131-156. Burlington, MA; Elsevier Ltd.

 



 

 

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